Un pueblo con unos 5.000 habitantes por aquel entonces, en pleno Es Raiguer, justo al pie de la Tramuntana. Fue amor a primera vista y pura felicidad: vecinos abiertos, cordiales, curiosos; una vista al valle que te deja sin palabras cada vez; y al fondo, imponente, la «montaña muela» con las ruinas del Castell de Alaró, como si alguien la hubiera colocado allí expresamente para las postales. En febrero los almendros florecían de una forma tan abrumadora que una se preguntaba si la isla querría malcriarla a propósito. Se podía ir andando al pueblo sin mover jamás el coche, y aquella luz de octubre: hasta hoy no he encontrado una palabra que le haga justicia.
Vivimos allí seis años, a las afueras del pueblo, en la calle Puig, «en la montaña», un pequeño guiño del destino a mi apellido. Allí nos casamos. Allí abrimos la primera oficina de Impresol Publicidad, con un escritorio, demasiado café y aún más confianza. Conocimos a personas maravillosas, hicimos amistades de todas las nacionalidades: vecinos mallorquines, nuestro casero, la señora de la gestoría que nos guiaba por cada papeleo como si fuera un proyecto personal. Aprendí el baile popular Bal de Bot, salté con Antonia en la plaza de la iglesia en cada fiesta del pueblo al son de la «jota» o del «bolero mallorquín», con entusiasmo y con algo de talento, y de aquellos años nacieron amistades que 25 años después siguen intactas, como si el tiempo ni se hubiera dado cuenta.